Un agricultor aragonés entrega las semillas que su familia conserva desde hace 200 años para evitar que desaparezcan dos calabazas tradicionales
Esta es una buena noticia, de esas que apetece leer.
En las Huertas de Formiga, a los pies de la sierra de Guara, nacen dos fuentes a pocos metros una de otra.
Una da agua dulce.
La otra, salada.
Y ambos se juntan y riegan los bancales de un veterano agricultor en Panzano (Huesca), Francisco Bescós, dando lugar a hortalizas únicas en España.
O eso sostiene el profesor de cocina Ismael Ferrer, que escribió sobre este hombre de 73 años que mantenía su huerta contra viento y marea.
Atribuyó a esa mezcla de aguas el sabor de sus hortalizas.
El problema es que en esa tierra maduraron las calabazas de su familia durante generaciones, pero ahora Bescós deja de plantarlas.
Ya no tiene edad para seguir.
Así que ha tomado una medida: regalar su bien más preciado.
Qué entregó.
Un plantío germinado , con sus cepellones.
Dentro, dos variedades: la calabaza amarilla de Panzano y la de Rabique.
De la primera, Bescós cuenta que la conoce en casa desde sus abuelos, dice que son como son desde hace 200 años.
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