El hombre que se hizo africano
Todo está preguntado, el periodista que ansíe la absoluta originalidad corre el peligro de ser pedante, que es peor que malo.
Conviene preguntar lo que el lector o el oyente quieren saber.
En las entrevistas personales, en profundidad, yo me repito con una pregunta: «¿Usted es feliz?».
Las respuestas son dubitativas o matizadas, del tipo «habría que definir qué es la felicidad» o «se es feliz a ratos, nadie puede serlo siempre».
La excepción –y es regla– son los misioneros.
Es cosa de sorprender con qué soltura responden.
Juan José Aguirre tiene 72 años y ha vivido 45 en África.
Ha padecido tres infartos, lleva nueve muelles en las arterias, padece tromboflebitis y daños en la columna: «Cuando muera –me dice sonriendo– llevaré el corazón lleno de nombres».
Acaba de jubilarse como obispo de Bangasú, pero en septiembre volverá a la República Centroafricana para realizar otras funciones voluntarias.
Reconoce que tiene mono.
De los viejos del asilo, por ejemplo, ancianos con demencia senil, acusados de brujería, con los que conversaba en zande.
O los huérfanos que le llegaron con un biberón y han salido con un título bajo el brazo, «sin necesidad de coger una patera».Tenía 28 lejanos años cuando llegó al continente decidido a saltar barreras.
Aprendió en tres años las lenguas sango y zande y se zambulló en una cultura que consiste en no ahogarse en un vaso de agua: «Como la muerte es barata, se vive con lo puesto y el clan familiar es sagrado».
Él y sus curas interiorizaron este 'laissez faire' y, en la mezquita de Bangasu , acribillada de tiradores, formaron un muro humano –muertos de miedo– mientras las balas silbaban alrededor.
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