El bienestar de los verdugos
La pena de muerte ya no es lo que era.
Pete Hegseth, el ministro de la guerra de Estados Unidos, elegido al parecer para su cargo en virtud de la firme prominencia americana de su mandíbula, ha renunciado con pesar a la transmisión por streaming del fusilamiento de Nidal Malik Hasan, el psiquiatra militar que mató a tiros a trece de sus compañeros gritando “Alá es grande” en 2009.
Herido en la refriega, Malik Hasan está en silla de ruedas, así que el espectáculo iba a perder quizás parte de su emoción, ya que no es lo mismo fusilar a alguien de pie, y verlo temblar y desplomarse bajo los disparos, que hacerlo sentado.
Trump y Hegseth aspiraban a recuperar la añorada tradición de las ejecuciones públicas, pero estos son tiempos de declive de la testosterona, como el propio Hegseth no para de lamentar .
En 1849, en Londres, durante un viaje por Europa, Herman Melville se encontró en medio de la multitud encanallada y jubilosa que asistía a un ahorcamiento.
Entre el mismo gentío, esa mañana, estaba Charles Dickens.
Los dos más grandes novelistas de la época estaban esa mañana en el mismo lugar, ignorante cada uno de la existencia o de la cercanía del otro, y los dos manifestaron semejante horror ante la doble barbarie de la ejecución y del público que la celebraba como un obsceno carnaval.
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