Crítica de 'Ceniza en la boca' (**): Billetes de huida y vuelta
En la primera secuencia, una mujer se despide de su hija adolescente mientras que su hijo pequeño duerme, y luego la chiquilla ve desde la ventana cómo su madre se va con una maleta en un taxi, ante la oposición desesperada de su familia.
Y en la siguiente secuencia vemos a esa joven, ya veinteañera, que vive con su hermano y junto a su madre en Madrid… Con buen manejo de las elipsis, el actor y aquí director Diego Luna nos pone en situación: la madre huyó de México y de una vida insoportable, y años después sus hijos se reunieron con ella y como inmigrantes en España.
Es pues, una película que trata conceptos como el desarraigo, la adaptación, la precariedad laboral y las heridas familiares.La protagonista es Lucila, una joven alegre en su panorama triste, que cuida a un bebé en Madrid y que posteriormente y mediante otra elipsis cuidará a una anciana en Barcelona.
Todo bien contado, sin caer de bruces en los tópicos carriles del cine social y la mirada a la inmigración y a sus problemas laborales y de aclimatación social, que no se eluden pero que están bien integrados en la historia que cuenta Diego Luna .Los posos amargos del argumento los enjuga bien la actriz Anna Díaz, que le da un relieve especial a su personaje, un perfil amable, resolutivo y sabio que le procura interés al camino de rutinas y amarguras que llenan su vida, un buen trato con los que tiene a su cuidado, incluido su hermano con dificultades de adaptación y con el que mantiene una relación maternal pero coloreada de camaradería.
La cámara de Diego Luna está atenta a recoger lo áspero, lo conmovedor, lo entrañable y lo trágico de Lucila y sus circunstancias, y sugiere sin subrayar esas necesidades de escape, de aquí y de allá, cuando tu lugar nunca está enfocado.
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