Palestina gana reconocimiento en los despachos mientras pierde margen sobre el terreno
España reconoció oficialmente al Estado de Palestina el 28 de mayo de 2024.
Lo hizo junto a Irlanda y Noruega, a las que pocos días después se sumó Eslovenia, en una decisión con la que el Gobierno de Pedro Sánchez pretendía contribuir a mantener abierta la solución de los dos Estados en plena guerra de Gaza.
Quince meses después, una segunda oleada mucho más amplia llevó el reconocimiento hasta algunos de los países occidentales que durante años habían evitado dar ese paso.
Francia lo hizo el 22 de septiembre de 2025 desde la tribuna de Naciones Unidas.
Reino Unido, Canadá y Australia lo habían anunciado un día antes y Bélgica, Luxemburgo, Malta, Portugal, Mónaco y Andorra se incorporaron también a aquel movimiento diplomático.
Al terminar esa secuencia, 156 países reconocían ya oficialmente al Estado palestino.
Un año después de aquella segunda oleada, el balance muestra las dos caras de una decisión que alteró el mapa diplomático pero tuvo una capacidad mucho menor para modificar la situación sobre el terreno.
El reconocimiento aumentó el aislamiento internacional de la posición del Gobierno israelí sobre la creación de un Estado palestino y convirtió una reivindicación que durante décadas había encontrado resistencias entre las principales potencias occidentales en una posición compartida por buena parte de ellas.
No detuvo, sin embargo, la guerra ni la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania.
MÁS INFORMACIÓN La ONU eleva la alarma por Gaza: los ataques israelíes podrían constituir crímenes de guerra La propia Francia admite ahora que el gesto tuvo efectos limitados.
Le Monde reconstruye este lunes cómo el movimiento impulsado por Emmanuel Macron no provocó el cambio que París esperaba en la política israelí y tampoco consiguió traducirse inmediatamente en una nueva dinámica negociadora.
Los defensores palestinos del reconocimiento continúan destacando su valor político, aunque señalan que no alteró la situación en Gaza.
Esa distancia entre el efecto diplomático y las consecuencias prácticas explica también el siguiente movimiento de algunos gobiernos europeos.
Reconocer Palestina dejó de ser el punto de llegada y empezó a convertirse en el punto de partida de una discusión diferente: qué instrumentos pueden utilizar los Estados para acompañar esa decisión con presión económica y política efectiva.
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