La siesta y el padre
Estábamos poseídos por una pasión indómita, dando vueltas en la cama, sudorosos o casi febriles, rebeldes infantiles contra el mandado paterno: «A la siesta y a callar», tronaba desde su dormitorio mientras fumaba y sesteaba en una proeza que hasta pudo provocar que se «autoinmolara» alguna nochecita toledana.
Queríamos, como verdaderos zoquetes, salir a la calle donde imaginábamos a nuestros amigos montados en sus bicicletas, jugando con el trompo o hasta torturando a inocentes ranas.
Poco importaba que la temperatura fuera de media cocción, no podíamos perdernos las trastadas, buscábamos la tapia del manicomio como si allí estuviera nuestro anhelado destino.
Como no teníamos escapatoria, soltábamos risitas espasmódicas prefigurando cretinadas futuras.
La paciencia de mi padre se agotaba y entonces volvía a rugir, cortando en seco nuestra resistencia a cumplir la Regla de San Benito; nosotros, valga el juego fácil y homofónico, nos agitábamos a la manera de baile de San Vito.
Llegué a la sabiduría proto-estoica gracias a aquella disciplina «siestil» que, surfeando la adolescencia, me llevó a reconocer que, tras la comida, lo único sensato es buscar la cama y abandonar (como los gladiadores) toda esperanza: a esa hora, especialmente en verano, en la calle no hay ni delincuentes.
El único rito que me permito es ese de sestear siempre y en todo lugar, tomando las de Villadiego cuando tengo que soportar una de esas atroces «comidas de trabajo».
Si por alguna fatalidad dejo de cumplir esa rigurosa tradición, destrozo completamente el día, me convierto en un alma en pena, arrastro mi cuerpo escombro por horas en las que todo termina por convertirse en un sinsentido. ¿Qué ser humano, incluso en la época de la ciber-estupidez, renuncia a los placeres absolutos del encamamiento vespertino? Ni siquiera los aspirantes a «minions» del pestilente mundillo del arte son tan obtusos como para despendolarse cuando lo que toca es hacer la digestión en reposo total.
Los fanáticos del mus intentarán refutar estos dogmas, pero también saben en su fuero interno que, más allá del arte de envidar a la chica, hay un reino terrenal de siesta y botijo a la mano. «Un petulante me dijo que estaban planteando la necesidad de descolonizar la siesta.
Eso ya me superó»Todo termina por ser triturado en la llamada «investigación académica», reduciendo lo más placentero a charlatanería «indexable».
Llevo demasiados años en la Universidad y eso supone que he podido escuchar bastantes sandeces homologadas por la burocracia pedagogizante que es una de las cosas más execrables que puedan existir.
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