Santa Elena: una prisión física y mental
Cuando Napoleón Bonaparte se entregó a sus enemigos, tras la derrota en Waterloo, imaginó que iban a confinarlo en una casa señorial en la campiña inglesa.
Juicio erróneo.
Con el fin de evitar otro desliz como el de Elba, lo desterraron esta vez a un enclave casi inaccesible: la isla de Santa Elena, una salpicadura de roca volcánica en mitad del océano Atlántico, a unos 1.900 kilómetros de la costa africana (Angola) y a 3.300 de Brasil.
Una avispa en la piscina.
Un dedal de 122 kilómetros cuadrados.
Fue el mariscal de campo Wellington quien escogió el emplazamiento, un peñasco a merced de los vientos; al parecer, había recalado en aquel territorio británico de ultramar en 1805, en un viaje de regreso desde la India.
Imposible organizar una fuga desde sus acantilados rocosos.
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