Ni desahogo ni rendición
La falta de vivienda, la creciente inseguridad, el descontrol en las fronteras, el empobrecimiento de la clase media, la degradación de nuestras instituciones democráticas o el debilitamiento del Estado son fruto de una idea, de una pésima idea que lleva años envenenando nuestra política: el populismo.Pablo Iglesias se retiró porque Pedro Sánchez era mejor en lo suyo.
Es mejor en lo peor.
En la demagogia y en el autoritarismo.
Es el populista por excelencia.
Es aquel que sabe poner las emociones, especialmente la indignación, la envidia y el resentimiento, al servicio de un gobierno sin límites, sin controles y sin contrapoderes.Para conseguir sus objetivos levanta muros.
Divide para vencer.
Hombres contra mujeres, empresarios contra trabajadores, propietarios contra inquilinos.
Son conflictos artificiales alimentados desde el palacio presidencial.
Así, mientras los españoles nos peleamos entre nosotros, el Gobierno evita rendir cuentas por su corrupción galopante, su ejemplaridad inexistente y su sumisión a quienes pretenden debilitar España, tanto dentro como fuera de nuestro país.Las sociedades avanzan sobre dos patas, a saber, sus instituciones y su cultura.
Y el sanchismo ha roto ambas.
Por un lado, ha envilecido las instituciones democráticas.
Nunca habíamos sufrido una utilización tan descaradamente partidista, e incluso personalista, de los organismos públicos.
No obstante, el daño más profundo es haber inoculado el virus del populismo en nuestra cultura política, en los valores de nuestra sociedad.
El último ejemplo es ese peronismo de Sánchez que pretende convertir la situación judicial de su esposa, la imputada, en un argumento electoral.
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