El quitamiedos de las lamentaciones frente al espigón del Tarajal: “No ha merecido la pena, ha sido un fracaso”
¿Cuántas noches hubiera resistido usted durmiendo, como Abdelilah a sus 23 años, con otros 15 inmigrantes apiñados en un garaje clandestino sin la luz eléctrica que permita ver cómo la porquería y los excrementos van amontonándose en el suelo?
¿Cuántos días soportaría lavando con sus nudillos, como Jalid con 35 primaveras, el mismo bañador cada amanecer antes de cocinar como los primitivos en un asentamiento en la playa, en la que huele más a orina y sudor que a mar?
¿Cuántas jornadas hubiera consentido trabajar, como Jawad también nacido hace 35 años, 12 horas en una obra ilegal con heridas sobreinfectadas en los tobillos a cambio de un techo en una ciudad en la que te gritan “invasor”?
Para Abdelilah, Jalid y Jawad, oriundos de Tetuán, la respuesta es cincuenta. Las que han pasado desde que entraron irregularmente en Ceuta el pasado 30 de julio a mediodía, durante la primera hornada de nadadores, antes de que la frontera se diluyera y permitiera el cruce de más de 80.000 personas. Abdelilah, Jalid y Jawad ya forman parte de la cifra de 5.672 personas que han vuelto de forma voluntaria a Marruecos desde el 10 de agosto. No aguantaban en las calles un día más.
En una curva de la carretera del Tarajal, desde donde se divisa el espigón que se tragó 141 vidas a finales de julio, cada atardecer se reúnen decenas de marroquíes que permanecen en la ciudad autónoma. Sentados sobre un quitamiedos, lamentan que su cruce a España “no ha merecido la pena”, mientras observan un goteo de compatriotas que vuelve por su propio pie a Marruecos. Según fuentes policiales, el lunes retornaron 69, el martes lo hicieron 90 y el miércoles la cifra alcanzó los 121. En ellos está calando el mensaje lanzado por el Gobierno de que ningún marroquí logrará la protección internacional, a diferencia de los subsaharianos, que cuentan con una tasa de concesión de asilo altísima, por lo que su único destino será la devolución. Con la entrada en vigor del Pacto Europeo de Migración y Asilo (PEMA), que considera a Marruecos un tercer país seguro del que sus ciudadanos no huyen por guerras –ni por persecuciones políticas–, el único resquicio es demostrar haber sufrido violencia por formar parte del colectivo LGTBI. Y no es el caso: sobre ese quitamiedos solo se posan inmigrantes económicos.
Los tres amigos de Tetuán están esperando a que la noche cubra la frontera para volver a sus hogares, que abandonaron por los llamamientos en redes sociales que prometían (falsamente) papeles si entraban a nado en España. Aguardan a la madrugada cerrada para esquivar a los gendarmes que durante la avalancha abandonaron el control fronterizo. Ahora, aunque la postura de Rabat es de puertas abiertas para todos los retornados, temen represalias. La primera: ser interceptados para subirlos a un autobús que los lleve, a lo mejor, a ciudades a cientos de kilómetros de la suya o, a lo peor, a zonas recónditas del desierto. Abdelilah ya lo vivió en el 2021, cuando también aprovechó la marea humana para dar el salto a Ceuta. Tras 22 días en la ciudad, el camión al que fue subido al volver a Marruecos lo abandonó a las puertas del Sáhara. Allí se vio solo, sin dinero con el que regresar.
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