El melón sucesorio
Era un secreto a voces que Óscar Puente alberga aspiraciones o sueños de liderazgo, pero ayer los hizo públicos bajo la abstracta cobertura de no descartarlos.
No se sabe cómo le habrán sentado esas palabras al P*** Amo, poco amigo de abrir el melón sucesorio cuando trata de combatir la extendida idea de que está amortizado y de que su mandato no pasará del próximo verano.
El ministro se curó en salud señalando el proceso para dentro de cuatro o cinco años pero todo el mundo, en el partido y fuera de él, es consciente de que se trata de un debate que se calentará a medida que la legislatura entre en su último tramo y al calor de las encuestas adversas empiecen a aparecer candidatos de modo más o menos disimulado.
En general, en esta clase de asuntos suele ser mal negocio postularse demasiado temprano.
Máxime cuando el patrón se empeña en elevar la moral de sus partidarios convenciéndolos de que le queda cuerda para rato y de que piensa seguir «hasta el 31 y más allá» al timón de barco.
Desde que Pedro le encargó dar réplica a Feijóo en aquella investidura fallida del líder de la derecha, Puente ha intentado convertirse en un trasunto actual del Alfonso Guerra que martilleaba a la oposición con sus célebres invectivas de fiereza dialéctica.
Pero para parecerse al antiguo vicepresidente le falta talento, ingenio, sentido del humor y cultura, y le sobra el matonismo faltón que despliega en sus arrebatos de furia tuitera.
Guerra, aficionado desde joven a la dramaturgia, siempre tuvo presente lo que la política tiene de comedia y supo separar la representación escénica de una responsabilidad de poder que desempeñaba con seriedad, aplicación y eficiencia.
La gestión del titular de Transportes no es precisamente un aval para mayores tareas; en su afán por significarse como ariete del jefe se ha olvidado de los trenes y las carreteras hasta derivar en la caricatura de un guardaespaldas siempre dispuesto a participar en una reyerta.
Los italianos dirían que «gli manca finezza».
Claro que en esta escena pública envilecida por la polarización y la discordia ese talante puede constituir más una baza que una traba.
El sanchismo ha transformado el PSOE en un proyecto plebiscitario, sin jerarquías intermedias ni inteligencia orgánica: un colectivo agrupado en torno a la confrontación sistemática y parapetado tras un muro de animadversión –cuando no de odio– contra la mitad de España.
En ese ambiente de frentismo civil hay opciones para cualquier agitador capaz de galvanizar a la militancia con arengas contra la amenaza ‘facha’.
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