El sueño de Darwin era visitar Tenerife y subir al Teide. Hubiese descubierto unos moluscos únicos en todo el mundo
Todo empieza en Cambridge, 1831.
Charles Darwin tiene 22 años, estudia teología por presión paterna y colecciona escarabajos por vocación.
Lee a Alexander von Humboldt , que había subido al Teide en 1799 y dedicado sesenta páginas de su diario a describir la isla —lo midió sin equivocarse —.
Darwin se contagia.
Le escribe a su hermana Caroline: "Nunca me sentiré tranquilo hasta ver el pico de Tenerife y el árbol drago".
Empieza a estudiar español solo para el viaje.
Organiza el plan con su profesor y amigo John Stevens Henslow.
Reserva pasaje por 20 libras.
Pero el plan original se cae .
Henslow no puede acompañarlo por compromisos familiares.
Lo bueno es que esa misma cadena de casualidades acaba poniendo a Darwin en el HMS Beagle, en un viaje mucho más largo del que había imaginado.
Primera escala prevista: Canarias, otra vez.
El barco zarpa el 27 de diciembre de 1831 y Darwin pasa las primeras semanas vomitando por el mareo, con las uvas de su padre como único alimento tolerable.
El 6 de enero de 1832, el Beagle atraca en Santa Cruz de Tenerife.
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