La belleza del (segundo) marido de la Premio Nobel
A Anne Carson suelen tacharla de gélida.
Y tal vez lo sea en su desdén hacia el aplauso, en su cara de aburrimiento, en su escasa necesidad de agradar.
El día que la llamaron para informarla de que le concedían el Premio Nobel de Literatura, la pillaron barriendo y prefirió no contestar.
Solo descolgó a la tercera, cuando su marido, el artista visual Robert Currie, la obligó a hacerlo.Currie es su compañero de vida, su colaborador artístico y su contrapunto.
En las entrevistas que les hacen juntos (casi las únicas que ella acepta), él sonríe y ella no; él habla distendido y ella lo menos posible; ella viste de traje con corbata (su modelo es Oscar Wilde) y él lleva el pelo recogido en una coleta larga de viejo rockero, jeans gastados y camisas abiertas sobre camisetas.
Anne Carson contestando a la llamada de la Academia Sueca.
Currie, su marido, le hizo la foto en su coy la enviaron a la Fundación del Nobel como imagen 'oficial' Anne Carson contestando a la llamada de la Academia Sueca.
Currie, su marido, le hizo la foto en su coy la enviaron a la Fundación del Nobel como imagen 'oficial'Se conocieron a principios de los noventa en Míchigan, donde ella impartía clases de Literatura Clásica en la universidad.Con Currie, al que a veces nombra como personaje en sus eclécticos textos sin reglas y sin género (ni poesía ni ensayo, sino todo lo contrario), Anne Carson ha viajado por el mundo y han acabado viviendo en Islandia, a donde acudieron atraídos por el silencio y los volcanes.Carson le dijo a un periodista que se irían al bosque para dejar de coger el teléfono y que no los encontraran.
Un fan les fotografió en un café de Reikiavik y colgó la imagen en Instagram.A Currie no le importa ser el secundario en la escena. «Yo tengo pocas flechas en mi carcaj y he de administrarlas para dar en el blanco.
Él tiene un montón de flechas y no ha acertado nunca», dijo ella sobre el injusto poco reconocimiento de la obra de él.Pero otros hombres de su vida no han sido tan generosos con el oxígeno disponible.
En Tipos de agua (Vaso roto), donde hace una crónica poética de su peregrinación al Camino de Santiago, le acompaña un hombre que apoda el Cid, seguro de sí mismo, escurridizo y de opiniones firmes, al que ella define como «el hombre con un yo secreto que es un yo inalcanzable» y que se repite en su obra con otros rostros.
Un tipo cortado por el mismo patrón que su primer marido, del que solo sabemos que se apellidaba Giacomelli, que era guapo y que tuvo el mal gusto de serle reiteradamente infiel.
Anne Carson contestando a la llamada de la Academia Sueca.
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