El poder de saber gobernarse a uno mismo
«Con el barro de la tierra, haz una copa / para que beba tu hermano».
En estos dos versos dejó Antonio Machado una advertencia que nuestra civilización técnica haría bien en atender, porque recuerdan que el valor de cuanto somos capaces de construir depende del fin al que lo destinamos.
Del mismo barro salen el instrumento con que se somete a otro y la copa que se tiende al sediento, de modo que la diferencia hay que buscarla en la intención que gobierna las manos del alfarero.
Nunca habíamos tenido tanto poder sobre el mundo, y pocas veces había urgido tanto preguntarse si sabemos gobernarlo.
Quien puede alterar la naturaleza y modificar las condiciones de su propia existencia queda obligado a averiguar si está moralmente preparado para cargar con las consecuencias de lo que hace.
El teólogo Romano Guardini advirtió esta desproporción hace más de setenta años en su obra 'El poder'.
Un intento de orientación, que Ediciones Cristiandad ha reeditado hace poco y cuya reflexión recoge el Papa León XIV en la encíclica 'Magnifica humanitas'.
Sostenía Guardini que la modernidad ha visto crecer sus posibilidades técnicas sin que la conciencia moral madurase al mismo paso, y situaba el origen del desajuste en la emancipación progresiva del poder respecto de cualquier instancia superior desde la que juzgar su ejercicio.Ya Platón había descrito al tirano como aquel que, libre de toda reverencia y de todo límite, acaba esclavo de sus propias pasiones.
La modernidad ha llevado esa tentación a una escala desconocida desde que el provecho económico o político y la eficacia técnica pasaron a justificar por sí solos nuestras decisiones.
Cuando lo posible se confunde con lo legítimo, el poder deja de preguntarse por sus fines y el éxito hace las veces de absolución.
De ahí que, cuanto más capaces somos de transformar la realidad, más nos cueste decir hacia dónde queremos llevarla.
La tradición bíblica entiende el poder de otra manera.
En el Génesis, el ser humano recibe el encargo de cultivar y custodiar la tierra (cf.
Gn 2,15), lo cual significa que su autoridad nace de una encomienda y que, por habérsele confiado el mundo, ha de responder del uso que haga de él.
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