Bellaplaya, la playa de nuestros sueños
Con los ojos clavados en el Orden del Día, un único punto, se acordó de cuando, de niños, tapaban los carteles de indicaciones a la playa.
Cómo disfrutaban confundiendo a los turistas.
Con la piel negra y llena de sal, trepaban entre los árboles y las rocas y rociaban con spray negro las indicaciones.
Los conductores de coches alquilados se perdían.
Aun así, ¿cómo era que los franceses y los alemanes encontraban siempre su recóndita calita? Siempre tampoco.
Nadie supera a un local en conocimiento geográfico.
Ventajas de nacer en un pueblo costero.
Luego llegaron los GPS y, después, las Apps de localización.
Ahí ya no hubo nada que hacer.
Imposible borrar de ellas las playas y las calas.Sin apartar la mirada de la única frase de la página –le gustaba aprenderse de memoria los puntos del Orden del Día para ir más segura, pero esta vez no hacía falta–, pensó que igual aquellas pequeñas gamberradas, de las que la pandilla siempre se sintió tan orgullosa, no eran actos tan inocentes. ¿Y si todo había empezado ahí? Mareando turistas.
Se quitó la idea de la cabeza.
De nada servía culpar a su parte adolescente de lo que había sucedido.
Había sido su parte adulta, su parte alcaldesa, la que había conducido al pueblo a esta situación.
Ella, que dijo sí hace un año a la propuesta de la Asociación Turistas fuera de Bellaplaya.
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