El caballo palmesano
Bajo el solazo de Palma de Mallorca, una joven turista alemana se para ante un coche de caballos y, conmovida por el aspecto del rocín, que parece muerto de sed (y de hambre, si reparamos en el costillar), pide al cochero que dé de beber al animal. (En Europa, sólo los españoles somos capaces de ver a los animales como los alemanes han visto algunas veces a los humanos.
Sloterdijk, alemán, explica que Roma, de donde venimos, llegó a convertirse en el « Hollywood de la crueldad», y cómo en la época de los emperadores el sistema se expandió «hasta constituir una Copa de Europa formal de la bestialidad»).
El cochero palmesano, energuménico, responde arrojando el agua de una botella a la cara de la turista alemana, que se mantiene impávida, en lo que el hombre emprende una estúpida danza carpetovetónica que temple el «furor teutonicus» de la mujer.La escena de la turista alemana en Palma es la de Nietzsche en Turín, un 3 de enero de 1889, cuando el filósofo, conmocionado por los latigazos de un cochero a su caballo exhausto, se abrazó al caballo, lloró y nunca más volvió a la razón.
Entonces ¿cómo un pueblo con estos sentimientos pudo protagonizar dos guerras mundiales y trata de protagonizar la tercera, para cobrarse venganza de la «Unternehmen Barbarossa»?La TV (en realidad, todos los medios) es el fentanilo del pueblo.
Por eso los gobiernos se gastan lo que no tienen en su TV, de modo que todo lo que no salga por ella constituirá «desinformación rusa».
En lo que llevamos de era tecnológica, que está en sus albores, el coeficiente intelectual de la población se ha desplomado en la misma proporción que el temor a una guerra nuclear, cuyos supervivientes, en palabras de don Nikita, tendrán envidia de los muertos.Occidente es una patocracia cuya TV ha desmontado el mito de la Destrucción Mutua Asegurada, que nos hizo salir vivos de la Guerra Fría, para extender la idea de que la guerra atómica es un juego tecnológico que Occidente puede ganar con dos becarios de informática, razón por la cual juega a joder la siesta al oso ruso, apedreando sus sistemas de alerta (colleja en la oreja) y su triada nuclear (patada en las pelotas).
Los gobiernos no se cansan de darnos motivos para ir a la pelea.
El nuestro, a través de Albares , el canciller de Usera, dice que lo de Ceuta es cosa de Musk y de Putin, y nuestro Estado Mayor tuitea fotos de nuestros soldados poniendo obstáculos con troncos de árbol en un arroyo letón para impedir el paso a los castores de Surovikin, que por cojones (palabra favorita de Truman Capote) no va a quedar. ¿O no nos acordamos de cómo nació el Régimen?—No hay que tener miedo a nada.
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