La era de los edificios despiadados
Los edificios que más se van a construir esta década no son museos ni viviendas: son 'datacenters', naves logísticas, fábricas robotizadas y centros de reclusión.
La inteligencia artificial pide los primeros; el comercio, los segundos, la reindustrialización automatizada, los terceros; y la seguridad, los últimos.
Todos se parecen: contenedores herméticos, repetición sin fachada, decoro cero, alienación radical –contenedores de lo que la sociedad quiere guardar sin ver: datos, mercancías, robots, cuerpos–. ¿Es esto arquitectura, o mera ingeniería? Sospecho que es la arquitectura del siglo XXI.Cada vez que veo los vídeos de la Cecot de Bukele pienso que deben de tener a alguien sofisticado a cargo del diseño de esas cárceles, ahora franquiciadas en todo el continente, aunque no sé si es un arquitecto.
Lo mismo me ocurre cuando veo imágenes de la Gigafactory de Tesla en Nevada.
O del centro de datos de OpenAI Stargate en Texas.Estos edificios me recuerdan la distinción que hace Giorgio Agamben entre la vida desnuda, la 'zoe', y la vida cualificada, el 'bios'.
Esta arquitectura despiadada es la de la 'zoe'; quizá el mejor antídoto contra las arquitecturas de la virtud y la empatía que han proliferado esta última década.
Arquitecturas del bios como la de la Escuela Reggio, que según sus autores de la 'Office for Political Innovation' «busca empoderar a niños y adolescentes» y que Oliver Wainwright, el crítico 'woke' por excelencia, celebró en 'The Guardian' enumerando sus gestos infantiles.
O las arquitecturas de Diébédo Francis Kéré en Burkina Faso, Kenia y Senegal, laureadas nada menos que con un premio Pritzker, que empatizan con las tribus africanas.
O esos «interiores de alta gama» hechos de intricados encajes en colores lenceros que diseña Izaskun Chinchilla como parte de la «ciudad de los cuidados», la nueva ortodoxia del urbanismo contemporáneo.
Yo, como soy un hombre adulto y blanco, y vástago de uno de los grandes imperios europeos, no siento empatía por ninguna de ellas.En cambio, lo que me gusta de esos edificios despiadados, por los que tampoco siento empatía, es que sé que no me la piden, porque están diseñados para albergar poblaciones infrahumanas de robots y de ciudadanos que han perdido sus derechos.
Tras décadas de economías de la atención en arquitectura, es refrescante encontrar una arquitectura que no quiere gustarnos.
Sus volúmenes enormes, fríos, exactos son indiferentes a nuestro cuerpo y nuestros sentimientos.
Nadie les elogia ni les premia y les da igual.Todo lo contrario de los recientes laureados del premio Pritzker, tutelado desde hace años por Alejandro Aravena , ciudadano del Gran Sur y sumo sacerdote de la justicia social en arquitectura.
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