El problema es que nos falta Krahe
Caminaba ayer el Madrid de Krahe, desde la Cava Baja donde comenzó La Mandrágora hasta la calle Pez, pasando por el local malasañero en el que un día estuvo La Aurora o por el propio colegio del Pilar, en el que estudió.
Porque Krahe era pilarista , claro.
Hay que ser muy pijo para parecer tan lumpen.
Fui caminando hasta el Café Central y acabé en Prosperidad, donde Krahe vivió con Annick Bloyard hasta que ella decidió que era el momento de irse «más al centro».
Él respondió que, al fin y al cabo, «todo Madrid es el centro», así que lo recorrí de arriba abajo escuchando su música, admirando su prosa y abriendo la boca ante su ingenio deslumbrante.
Y caí en la cuenta de la inmensa degeneración que ha sufrido la sociedad española en las últimas décadas.
Aunque, por otro lado, no podemos decir que España haya sido nunca un país culto.
Más bien al contrario, los españoles han sido un pueblo especialmente ignorante al que no le ha interesado aprender, sofisticar sus planteamientos o refinarse intelectualmente.
Sobra con ramonear en el propio aprisco y mirar con odio a los que ramonean en el aprisco de enfrente.Pero Krahe era otra cosa.
No porque fuera un sabio –que también–, sino porque nunca cayó en la obscenidad de intentar parecerlo.
Había leído, había viajado, sabía francés, manejaba referencias literarias e históricas, pero luego utilizaba todo eso para hacer canciones.
La cultura en Krahe no era, por lo tanto, medalla sino caja de herramientas.
Y probablemente eso sea algo de lo que hemos perdido.
No las herramientas, sino el pudor de no buscarlas.
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