Otra campaña electoral desde casa de tus padres
Dentro de un mes y medio, miles de españoles acudirán a ejercer su derecho al voto después de desayunar en la cocina de la casa de sus padres.
Alguno tendrá treinta y cinco años, otro cuarenta, y estoy seguro de que más de uno estará rozando el medio siglo mientras todo sigue peor que antes.
Muchos de ellos duermen en una cama de noventa centímetros, en esa misma habitación de cuando hicieron la primera comunión, sobre el colchón bajo el que escondieron alguna vez alguna revista verde o donde tenían un cenicero debajo de la cama para no llamar la atención.
Veo la estantería con esa medalla colgada del campeonato de fútbol alevín y una foto enmarcada del primer viaje que hicieron en grupo cuando pensaban que a los veinticinco años ya tendrían casa, novia, coche, mujer e incluso alguna jauría.
Lo triste de esa imagen es que lo único que tienen es una madre que les sigue preguntando si vendrán a cenar y una cuenta en Netflix que se pueden permitir.
La campaña electoral también entra por las grietas de estas habitaciones.
Les prometen cosas que llevan años pensando que ya tendrían a esa edad y a la vez critican al adversario en vídeos cortos de redes sociales que consumen a estos posadolescentes tumbados en la cama mientras escuchan «fascista», «ultras», «Maricarmen», «ataque», «juicio», «joyas» y demás vocabulario de nuestro presente político.
Algunos han vuelto después de una ruptura, otros se marcharon a estudiar al extranjero, otros que encontraron un trabajo, pero no han podido mantener su zulo porque el precio de la vivienda se come el setenta por ciento de su nómina.
Así se escriben muchas historias de un enorme número de españoles que dentro de poco tendrá que ir a votar.
Lo peor de todo es que ese día de elecciones , cuando nuestros protagonistas vayan a salir a su colegio electoral, su madre les dirá con voz cansada: «Hijo, ponte la chaqueta que va a refrescar».Esta prolongación forzosa de la adolescencia es una putada.
Los padres se hacen viejos con los hijos dentro de casa, y mientras las promesas de vivienda y de sueldo digno se disparan como 'reels' por todas partes, la realidad es mucho más penosa.
Estos próximos días escucharemos todo tipos de menús del día, de promesas electorales, de insultos al adversario y de narrativas que bien las podría escribir cualquier director de gabinete que se dedique a la narrativa del engaño.
Pero yo les recomendaría que no se dejaran llevar por las pasiones sino por la verdad.
Y quien os haya engañado tanto, que deje de hacerlo o que, al menos, no les dejéis entrar en vuestra pequeña habitación.
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