La muerte no es un espectáculo
Nidal Hasan, médico militar convertido en terrorista islamista, asesinó a trece personas en Fort Hood el 5 de noviembre de 2009.
Tras un tiroteo quedó parapléjico y permanece desde entonces en silla de ruedas.
El tribunal militar lo condenó a pena de muerte mediante fusilamiento y el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth , ha decidido que su ejecución sea retransmitida en directo.
La pena capital es una opción de las legislaciones nacionales, aunque resulta repudiable cuando el Estado dispone de mecanismos para encarcelar de por vida a quien cometa crímenes tan atroces como el de Hasan.
Habrá opiniones a favor de que un asesino de tal envergadura merece la muerte, pero quien no merece acudir a esta pena es toda sociedad civilizada y articulada sobre la renuncia a la venganza y el principio de proporcionalidad, no de equivalencia.
Que el Estado siga siendo señor de vida y muerte no es coherente con el desarrollo moral de las sociedades avanzadas.
Pero aún es más rechazable que la ejecución vaya a ser retransmitida para escarmiento público, como las que tienen lugar en las plazas de Teherán.
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