Dolor del niño fantasma
Elijo este artículo del 8 de marzo de 2024 porque es uno de los más personales que he escrito en esta casa.
En mi opinión, y pese a la gravedad de la realidad que nos rodea, el columnista no debe perder la referencia del artículo como su visión del mundo a través de sus ojos, su corazón, como es el caso, y su experiencia.
Pese a la primacía de lo teórico sobre lo vivido que ha imperado en los últimos tiempos, el hecho subjetivo en el que la vida de uno mismo configura sus propias creencias y valores resulta esencial para un conocimiento honesto de la realidad.
En este caso, la vivencia familiar cambió por completo mi punto de vista sobre el aborto y el crimen que supone como una de las representaciones de la barbarie que vivimos como sociedad.Publicado el 4 de marzo de 2024 Dolor del niño fantasmaPaseábamos a los perros la mañana de Reyes y, mientras el setter perseguía conejos entre las manzanillas, Elena se volvió grave, emocionada, casi aterrada y me dio la noticia de aquel tremendo regalo: íbamos a ser padres de un cuarto hijo.
En los ojos también llevaba prendida la mala noticia, el presentimiento íntimo siquiera pronunciado de que ese niño nunca llegaría.Elena siempre conoció a todos nuestros hijos cuando soñaba con ellos y casi a tientas de los sueños los palpaba mucho antes de que nacieran.
Un día, pasadas las semanas, me confesó: «Aún no he soñado con este niño» .
Pasamos las semanas pidiendo a todos los santos, entre el miedo y ese tipo de celebración algo impostada en la que uno se convence de que todo va a ir bien sabiendo que no.
Finalmente, llegó la constatación de la pérdida y lloramos juntos como nunca lo habíamos hecho hasta ahora.
Habíamos perdido otros embarazos, pero no eran este y no lo sentíamos como sentíamos ahora a este.Pudiera ser que el hecho de tener tres hijos en el mundo, lo que podría concebirse como un atenuante del duelo , en realidad nos daba la medida de lo que se estaba perdiendo.
Nacerían otros millones de niños, pero no ese en concreto, y en esa consciencia sentimos un dolor del niño fantasma que está con nosotros desde entonces.
Sin haberlo conocido, es como si lo recordáramos o como si pudiéramos perfilar su pequeño y profundo vacío.
El aire, que «de nada entiende» según Miguel Hernández, llena los espacios en los que debería estar él y en los que aún a veces me lo imagino: en la cuna en la que no durmió y que no nos atrevemos a tirar a la basura, en el cochecito que no compramos, en el olor de su habitación caliente, hoy cerrada, fría y vacía, en las malditas madrugadas apacibles que no desvela con su llanto.En los biberones que no hicimos, en la silla que sobra en la mesa de la cocina, en la herida que no curamos, en ese maldito silencio, digo, lo reconozco de una manera tan precisa.
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