Puede que tengamos razón
Atravesando la calle Segovias jugaba la niña a extender los dos bracitos para tocar los pares y los impares de sus angosturas.
De Las Teresas a Los Venerables, en este laberinto cada vez más ajeno para nosotros que es Santa Cruz, se escuchaba la melodía de Paco de Lucía, Río Ancho.
Oxímoron en la placita que linda con Gloria.
Allí tenían mesa unos familiares venidos de Madrid que buscaban el sitio más sevillano para cenar.
Yo, que reivindico la patria hispalense en el corazón del turismo, les perdí por la Judería en pleno puente camino de las espinacas con garbanzos de Antonio Castro.
Allí los abandoné a su suerte, no sin antes indicarles el camino de regreso por las otras dos plazas que conforman el tridente bucólico: Doña Elvira y la Alianza.
La frase que les brotó improvisada por los callejones de esta capital de la belleza esconde una certeza que muchos sevillanos no sabemos ver: «Qué envidia de ciudad».No por manido, aquello que escribió Julio Martínez Velasco deja de ser la gran tesis antropológica de Sevilla: «Es imposible que sepamos valorar lo que tenemos porque hemos convertido lo excepcional en cotidiano».
Esa riqueza sensorial no nos sorprende y somos capaces de pasar bajo la Giralda sin ni siquiera mirarla mientras el guiri, absorto, trata de cuadrar el plano americano de la foto toda su grandeza.
Sabemos que está ahí, pero la ignoramos.
Y hasta nos causa rechazo compartirla.
No es fobia, son celos.Tiene que venir alguien de fuera para poner las cosas en su sitio y decirnos, a las claras, que vivimos en un paraíso que ya quisieran ellos.
Somos, quizá, una suerte de amantes posesivos de la ciudad.
La queremos para nosotros solos, pero no la disfrutamos.
No pisamos aquel enredo sinuoso por coraje ante el bullicio fornáneo.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC.