Crítica de 'Mis queridísimos padres' (**): El infierno del dinero caído del cielo
Hay un molde habitual para este tipo de comedias de reunión familiar y, en este caso, el director francés Emmanuel Patron tiene una buena masa argumental y actoral para cocinarla.
Tres hermanos acuden a la llamada de urgencia de sus padres a su casa de campo; se temen lo peor, una grave enfermedad o algo así, pero es aún peor que lo peor: tienen una cantidad de dinero y se lo van a gastar en un viaje a Camboya y en la construcción de un orfanato para niños pobres…, es el resorte que abre una puerta a preguntas, explicaciones a medias, reproches e infantiles codicias.Pero a esa masa y a ese molde, el director le añade una graciosa levadura para que se derrame por los bordes: malicia e hipocresía.
Los padres, que interpretan con mucha simpatía André Dussollier y Miou-Miou, son burgueses solidarios y con una mirada moderadamente progre al mundo y quieren dedicar el resto de su vida a un viejo sueño, ayudar a los más necesitados, que no son sus tres hijos, que llevan una vida absurda en lo laboral y en lo personal.Hay varias piruetas a costa de ese dinero misterioso que entretienen el desarrollo de la historia y que le proporcionan una cierta intriga, pero que, sobre todo, desnuda en varias ocasiones las diversas y retorcidas personalidades de los protagonistas.
Y todo ello, visto en ese tono suave de la comedia francesa, que no da para carcajadas pero te mantiene alerta.
Y tienen especial gracia las apariciones y desapariciones de la moral, el fariseísmo ideológico y las bajezas que es capaz de hacer con sus 'principios' el ser humano por unos cuantos ceros más a la derecha.
Y, además, ni Emmanuelle Patron ni su película te dan la murga con lo íntegro y lo decente y le permiten al espectador, al menos a los más justitos en monsergas de vanguardia social, seguir con una sonrisa complaciente todo ese fregado de conciencias.
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