Carta abierta a Marlaska
Despreciado señor ministro: le dirijo estas líneas para agradecerle mi filiación como periodista desafecta al régimen en el listado de tertulianos elaborado por su oficina siniestra.
Dada la naturaleza putrefacta del mismo, cualquier otra identificación habría constituido una grave afrenta a mi honor.
Los lacayos encargados de compilar ese «documento de trabajo» (que, sospecho, ha llegado a la Agencia Tributaria) se han molestado en precisar que soy «muy crítica con el Gobierno en temas como los pactos con el independentismo catalán y los pactos con Bildu», además de «contraria a los beneficios a terroristas de ETA ».
Así es.
Siempre lo he llevado a gala con orgullo, porque cualquier otra postura sería contraria a la decencia, la memoria de las víctimas y la defensa de la unidad de España, consagrada en la Constitución.
A diferencia de mí, usted no solo no ha expresado jamás la menor objeción a esas políticas, sino que se ha echado a la espalda la tarea de sacar de prisión antes de tiempo a todos los matarifes etarras contemplados en esos acuerdos, a fin de que su amo, Sánchez, conservara la poltrona con el respaldo de Otegi.
El último premiado ha sido Henri Parot, una alimaña condenada por 39 asesinatos y un sinfín de atentados con centenares de heridos, a quien su amiga, la socialista María Jesús San José, ha concedido el tercer grado en su condición de consejera de Justicia del Ejecutivo vasco.
Parot, le sonará el nombre, dado que con él se bautizó una doctrina jurídica que permitía a los jueces sumar años de cárcel en función del número de asesinatos y no castigar del mismo modo una muerte que treinta y nueve.
Esa interpretación justa y lógica de la ley fue anulada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (siempre más preocupado por los derechos de los criminales que por los de sus víctimas) en la sentencia referida a la pistolera Inés del Río, que usted hizo extensiva a todos los presos incursos en la misma situación y se apresuró en aplicar.
Está claro que liberar a terroristas irredentos u otorgarles privilegios no produce el menor rasguño en su conciencia, si es que dispone de esa guía moral.
La duda es pertinente porque, además del trabajo sucio descrito, realizado sin rechistar, hay que ser muy desalmado para afirmar que los ceutíes tienen «una percepción subjetiva de inseguridad».
No contento con abandonarlos a su suerte, desoyendo las múltiples alertas que advertían de la avalancha, insulta su inteligencia intentando convencerles de que «normalidad» es que ocupen su ciudad, les roben, violen a sus mujeres y agredan a los militares que intentan auxiliarlos.
Los informes desclasificados lo delatan.
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