De Lope a Morante (con final cervantino)
Creador del teatro nacional, autor de una obra que de por sí constituye una literatura y hombre de vida excesiva, a Lope de Vega le brotó del hondón del alma un verso que explica su propia personalidad en una de las comedias palatinas de su última etapa: 'Si no vieran las mujeres', escrita tres o cuatro años antes de fallecer en 1635, representada en Aranjuez el 1 de mayo de 1633 y publicada póstumamente en 'La vega del Parnaso', en la que mediado el primer acto Belardo, criado anciano y prudente, responde a El Emperador Otón (Othen), extrañado por la pervivencia de un hombre a su juicio chapado a la antigua («¿aún viven Belardos?»): «¿No habéis visto un árbol viejo,/ cuyo tronco, aunque arrugado,/ coronan verdes renuevos?/ Pues eso habéis de pensar,/ y que pasando los tiempos/ yo me sucedo a mí mismo». «Yo me sucedo a mí mismo» explica a Lope de Vega , quien día tras días se sucedía a sí mismo, sin rival sobre las tablas al estar sus comedias por encima de cualquier tipo de comparaciones y, cambiando de tercio, también valdría para Morante de la Puebla, diestro que tarde tras tarde se sucede a sí mismo en las plazas de toros, sin igual y al margen de parangones.
Precisamente esa categoría generó el movimiento de respuesta a la retirada del pasado 12 de octubre en la Monumental de Las Ventas para que de inmediato volviera, convencidos todos de que Morante se sucede a sí mismo sin disputa con nadie.
Por eso forma terna con normalidad con los toreros jóvenes de proyección, habitualmente eludidos por los diestros que por méritos propios ocupan la parte alta del escalafón.
Corte o no orejas, lo de Morante es distinto y su toreo no es para contado, sino para visto y sentido, tan para visto y sentido como los atardeceres otoñales sobre las tierras rojizas de las minas romanas de Las Médulas o los amaneceres invernales en las aguas oscuras de la machadiana Laguna Negra de Soria, con el misterio abrigado por densos bosques de pino y paredones de roca.
Frente al toreo del sobresalto o del uy, que 'vende' el peligro, no tapa los defectos del toro y se desentiende de la calidad de los lances, el diestro de La Puebla afronta el riesgo desde un sosiego que templa a los toros, corrigiendo en la medida de lo posible y a veces hasta de lo imposible sus embestidas, lo cual –todo hay que decirlo– en ocasiones no se aprecia o tarda en apreciarse desde unos tendidos a los que llegan antes la espectacularidad de meterse entre los pitones, la vistosidad de los adornos o los arrimones a toro parado.
Volviendo a Lope de Vega, lo de Morante son «rayos sin trueno/ que despedazan callando».
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