De Suárez a Sánchez
Ha pasado mucho tiempo desde el verano de 1977, el primero de Adolfo Suárez como gobernante democrático tras las primeras elecciones.
Merece la pena recordar lo que sucedió.
El presidente decidió pasar el mes de agosto en casa de un empresario en Begur (Gerona).
Se llamaba Antonio Van de Walle, un promotor turístico canario y uno de sus mejores amigos.
La prensa y la oposición criticaron ferozmente a Suárez por dos motivos.El primero estaba basado en que Suárez había cedido la explotación de un hotel de Barcelona a Van de Walle cuando presidía Entursa, empresa pública, en 1974, lo que sugería un conflicto de intereses.
El segundo, el que más caló en la opinión pública, es que se consideró una falta de ejemplaridad que un presidente del Gobierno veraneará de forma gratuita en la villa de un millonario y que aceptará navegar en su barco.
Eran otros tiempos y los estándares éticos estaban más altos.Son pocos los que se escandalizan hoy por el hecho de que Pedro Sánchez haya decidido pasar sus vacaciones en La Mareta, una suntuosa propiedad que Hussein de Jordania le regaló a Don Juan Carlos en 1980, antiguo lugar de recreo de la familia real en Lanzarote.La elección de Sánchez resulta censurable por su evidente falta de ejemplaridad, ya que parece poco ético y estético que el presidente opte por un lugar regio para pasar sus vacaciones mientras hay millones de españoles que viven al borde de la pobreza.
Esto no es demagogia, es decencia.
Y no es algo excepcional porque el presidente no pierde ocasión de mostrar su poder y de abusar de los medios oficiales.
Ahí están sus 800 asesores en La Moncloa, el uso del Falcon y la parafernalia de la que se rodea.El segundo motivo de reproche es su incomprensible aislamiento en La Mareta cuando estamos asistiendo a una crisis como la de Ceuta, en la que el Estado ha sido incapaz de proteger sus fronteras y se halla a merced de los designios de un autócrata como Mohamed VI.
Sánchez debería haber permanecido en Ceuta al frente del operativo, aunque solo fuera para transmitir una imagen de que está al mando.Ser presidente comporta privilegios, pero, sobre todo, obligaciones.
Y la primera e ineludible es ser ejemplar.
Ello no solo implica austeridad y un uso mesurado de los bienes públicos.
Exige también una absoluta disponibilidad para afrontar los problemas sin esconderse tras el aparato burocrático del Estado.El PSOE fue implacable con Mazón de forma justificada, pero ahora cierra los ojos cuando Sánchez elude implicarse personal y políticamente en una crisis de enorme magnitud.
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