Cuatro décadas sin la presencia de Ramón Carande, indiscutible maestro de historiadores económicos
Una vida como la de Ramón Carande Thovar no cabe en estas líneas, al hilo del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento, acaecido el 1 de septiembre de 1986 en la finca familiar de Almendral (Badajoz).
En primer lugar, por su longevidad: Carande había nacido en 1887 en Carrión de los Condes.
Pero también, por supuesto, por la importancia de su legado académico a lo largo de siete décadas de fructífera dedicación a la historia económica.Además, su biografía es un retrato en miniatura de la historia de España.
Se examinó de ingreso al Bachillerato con Gregorio Marañón y Menéndez Pelayo; fue testigo del atentado de la calle Mayor de Madrid el día de la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia; discípulo de Giner de los Ríos, participaba en tertulias en casa de Pío Baroja a las que acudía Valle-Inclán, entre otros; estuvo en el homenaje a Unamuno por su jubilación en Salamanca en 1934; portó a hombros el féretro de José Antonio para su inhumación en El Escorial en 1939; asistió al entierro de Joselito en Sevilla en mayo de 1920 y alternó con Juan Belmonte en su tertulia de Los Corales.Premio Príncipe de Asturias , honoris causa por varias universidades, cartero de honor, hijo predilecto de su localidad natal y adoptivo de Sevilla (1983), de la provincia (1981) y de la comunidad autónoma en 1985 compartiendo honores con Rafael Alberti, Antonio Gala, Carlos Castilla del Pino y Antonio Domínguez Ortiz además de Rafael Escuredo.
Eran otros tiempos: ninguno de tan egregios galardonados cantó en solitario el himno de Andalucía, ni falta que hacía.Don Ramón, como le conocía toda Sevilla, había sido catedrático de Economía (a la que se reintegró en 1945) y rector de la Hispalense por breve tiempo.
Sus tertulias en la librería de Lorenzo Blanco o en su domicilio de la calle Álvarez Quintero pronto atrajeron a un selecto grupo de profesores e intelectuales, fascinados con su conversación siempre interesante y repleta de datos, observaciones y apuntes históricos.Sus tertulias en la librería de Lorenzo Blanco o en su domicilio de la calle Álvarez Quintero pronto atrajeron a un selecto grupo de profesores e intelectualesEra alérgico a los homenajes y nunca sintió que la ciudad en que había elegido vivir desde 1918 (salvo el paréntesis entre 1931 y el final de la Guerra) le debiera nada: «Soy, más bien, su deudor.
Me ha enseñado tanto que -pensando en quien era- no me reconozco.
Muchas gracias, en todo caso yo le suplico que no insista.
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