Las barricas del cante
Nunca se me había ocurrido llamar al Guadalquivir 'el pozo de las penas', pero a muchos sevillanos nos pasa que cuando andamos perdidos nos vamos a caminar a la vera del río, a buscar respuestas, a encontrarnos.
Esa hermosa metáfora es la que da nombre a la Tertulia Flamenca que se creó hace 75 años en los Palacios y que viene a la Bienal en noche única a celebrar ese aniversario.
El Muelle de la Sal, perfumadito de viernes, recibe a una de las peñas más influyentes de lo jondo en Andalucía.
No es un espectáculo al uso, es la recreación al aire libre, con un marco inigualable, de las reuniones de cabales, de esos sitios en los que, casi rozando la clandestinidad, sobrevive el arte cuando nadie mira, cuando solo quedan los locos de este ardid para teorizar sobre él, para amarlo, comentarlo y practicarlo fuera de los focos.El nombre sobre el que se sostiene el encuentro, 'Uvitas negras', viene del pregón que Manolo Caracol dedicó a la uva palaciega, cepa de la que sale el vino jondo que se sirve para la ocasión.
El escenario se divide en dos mesas separadas, que dan la apariencia de estar dentro de un local que tiene a las espaldas el Puente de Triana.
Todo gira alrededor de esa dos localizaciones enfrentadas, en la que se reparten tres generaciones distintas.
La histórica del Pozo, representada por nombres como Itoly, Nene Escalera, Manuel Orta o Juan El Distinguido, que andaba tocado de la garganta pero que señaló a Triana como la niña de sus ojos.
Y las otras generaciones que fueron después, encarnadas por Anabel Vico, José Ángel Carmona, Miguel Ortega y Juanelo.
El toque cayó en las manos de Niño Fraile, Salvador Gutiérrez y Juan Requena, que hizo doblete tras actuar esa misma tarde en solitario en el Teatro Turina.No había guion, todo nacía de lo que apetecía, de lo que se proponía según meciese el viento la cabeza de cada uno.
Era un homenaje a las arrugas, al tronco del árbol, a esa memoria en la que descansa el flamenco para renacer y no morir, para perdurar en los siglos.
Voces arrugadas, de las que dicen más de lo que suenan, de las que cantan más con los recuerdos que con la garganta.
Los viejos miraban a los jóvenes con la envidia bonita de los abuelos, los jóvenes miraban a los viejos con el respeto sagrado de los alumnos.
Por la oscuridad corría el legado, la Historia y el celo de lo que se guarda para que no perezca.
Todo ello apuntaba hacia ese pozo invisible de las penas donde se almacena el contenido sensible de lo eterno.
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