Historias del Kronen: juventud sin futuro y diversión como forma de vida
José Ángel Mañas publicó su novela Historias del Kronen en 1994.
Sin embargo, no podía imaginar hasta qué punto aquella obra, hoy clásica, terminaría funcionando como una cápsula del tiempo.
Sus personajes eran jóvenes madrileños de clase media - o clase media-alta - que bebían, se drogaban, follaban, salían de noche y mataban el tiempo entre el aburrimiento y la agresión.
El Madrid de Historias del Kronen no es exactamente una ciudad, sino un escenario; quizá un personaje más del relato.
Sus calles, bares, coches y discotecas forman el decorado de una existencia cuyo objetivo parece ser evitar el aburrimiento.
Carlos, protagonista de la novela, y sus amigos no tienen algo por lo que luchar: representan algo así como los clásicos rebeldes sin causa.
Tampoco parecen especialmente interesados en convertirse en adultos.
Consumen experiencias como quien consume productos: rápidamente, sin demasiada reflexión y buscando siempre una intensidad mayor que la anterior.
De hecho, pertenecen a una generación para la cual la experiencia se transmuta en el producto de consumo por antonomasia.
En este sentido, Historias del Kronen pertenece a una época en la que todavía se podía hablar de una juventud relativamente privilegiada, previa a la burbuja inmobiliaria de finales de los noventa, la crisis de 2008 y la invención de términos como "mileurista" o "precariado".
Sus protagonistas no son marginados sociales.
Muchos proceden de familias acomodadas y tienen acceso a educación, dinero y ocio.
Su problema no es la falta de oportunidades, sino el desprecio que sienten por ellas.
Hablamos de un nihilismo de discoteca, de gasolinera y de madrugada.
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