El cantar de los caseros
Oíd la triste historia del rentista atribulado, que tiene cuatro viviendas y vive muy preocupado.
No duerme el pobre tranquilo, ni conoce ya descanso: tres pisos le dan dinero, y en el cuarto está instalado.
Tiene miedo a los impuestos, al Gobierno y al juzgado, a que un pobre no le pague, a que regulen el mercado.
Escuchad bien sus lamentos, ¡no seáis desalmados!.
“No soy fondo ni soy buitre, soy un hombre trabajador.
Si cobro mil cuatrocientos es porque ese es su valor.
Compré con mi trabajo, con esfuerzo y privaciones, así que ahora no vengáis a tocarme los cojones.
“No soy fondo ni soy buitre, soy un hombre trabajador.
Si cobro mil cuatrocientos es porque ese es su valor.
Compré con mi trabajo, con esfuerzo y privaciones, así que ahora no vengáis a tocarme los cojones. ¡La propiedad es sagrada! Eso no admite cuestión.
Mis pisos me han costado sangre, sudor y un riñón.
Bueno, uno fue de mis padres, que en paz descansen los dos.
Otro, de un tío mozo viejo, que al morirse me lo dejó.
Pero los otros dos, míos, esos sí que me costaron, diez millones de pesetas por cada uno me soplaron.
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