Ser cristiano pasa factura
Hace cincuenta y tantos años, en los estertores de la dictadura, abanderar según qué causas podía acarrear serios disgustos: incluido algún riesgo para la integridad física.
Conviene recordarlo en estos días agitados, en los que tantos activistas a la violeta vociferan por cualquier motivo ante órdenes contradictorias que confunden a las «fuerzas (no tan) represivas».
Asunción Milá de Salinas (1919-2026), que así gustaba de anunciarse, era todo lo contrario a una aristócrata roja, que alguna había, ni una opositora de izquierdas al franquismo.
Era una señora, en todo el esplendor del término, cuya acendrada fe católica le impedía aceptar la pena de muerte… y le sobraban arrestos para proclamarlo, molestara a quien molestase. «Ser cristiano pasa factura», dijo ayer Eduardo Martín Clemens en la homilía de la misa corpore insepulto.En una Sevilla fiel a su naturaleza aquiescente y cobardona, sobre todo en sus estratos más conservadores, alzó su insobornable voz contra la ejecución de Salvador Puig Antich, un anarquista que asesinó a un inspector de Policía.
No resultaría exacto decir que, para parar el garrote vil, moviese nuestra heroína Roma con Santiago, ya que sí apeló al Vaticano, donde el Papa Montini hacía méritos para ser canonizado como San Pablo VI, pero no a través del obispo compostelano, sino con la interlocución del mitrado de Bilbao, Antonio Añoveros.
Por la tradición oral del vecindario, donde vivía parte de la poquita burguesía liberal que anhelaba el cambio político, he escuchado la historia mil veces: «Asunción contactó con el tío de Jaime (García Añoveros, años después ministro de Hacienda de UCD), que era un enanito con boina y con los cataplines muy bien puestos, y tenía preparado el anatema de excomunión de Franco, que se cagó porque tenía un pie en la fosa.
Pero los duros del régimen no aflojaron y mandaron matar al preso».Ya centenaria, o a punto de cumplir los cien, Asunción Salinas cruzó la calle desde su maravillosa casa palacio para asistir en Santa Cruz a la charla de un joven entusiasta que venía en representación de un partido nuevo –hoy con previsión de entrar en el próximo Gobierno– de la derecha desacomplejada.
Defensora de la vida a machamartillo como era, escuchó con atención el alegato antiabortista del político, que hablaba a favor de obra: la doctrina de la Iglesia defiende la condición humana del embrión desde el momento mismo de la fecundación.
Coincidía en todo, replicó ella abriendo el turno de preguntas, y le soltó a bocajarro. «Y si consideráis, con toda la razón, que un cigoto es digno de la misericordia de Dios, ¿por qué no proclamáis que esos desgraciados que llegan desde África son también vuestros hermanos en Cristo?».
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