¿Playa o montaña?
Nuestra arrogancia permite que la maldad nos domine.
Y peor que la maldad son los celos.
Somos unos celosos irreductibles, irreparables, irresponsables.
Le hemos fastidiado el fin de las vacaciones al hombre que se desvela ante los problemas que nos estremecen, al ser de luz que labora sin descanso ante los desaguisados y, sobre todo, al gerifalte que por fin logró liberarnos de la eterna discusión acerca de la playa o la montaña. ¿Y dónde veraneamos este año, cariño? Y toma trifulca de parentela desbocada dispuesta a preservar su posición como ese solitario y cerril soldado japonés que defendía una remota isla cuando la segunda guerra mundial había acabado hacía medio siglo, como quien dice.
Sánchez, en su bondad, en su genialidad de estadista que resuelve los problemillas de Ceuta amarrado al telefóno, según confiesa Bolaños, rompió el maligno hechizo.
Se veranea primero mirando el mar, el enigma del mar, que dijo Pla , y luego rematamos la jugada en las frescas cumbres mismamente de Andorra.
Ni pa' ti ni pa' mí, como sellaban los tratos los espabilados vendedores de coches de segunda mano de antaño.
Cierto es que, para gozar de esta doble vacación se precisa holgada faltriquera y bastante tiempo de asueto.
Pero qué son esas fruslerías con tal de lograr la paz en el seno de la familia.
Un poco de playa y otro de montaña y así todos felices y contentos.
Con lo fácil que era la solución y no supimos adivinarla.
Sin embargo, le hemos jodido el fin del reposo porque somos unos aguafiestas y no soportamos que el otro se divierta más que nosotros.
La condición humana no es sino apestosa cochambre de cósmica envidia.
Siempre deseamos lo que el otro muestra y encima aprovecha.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC.