Privatizar la imaginación
El ser humano empezó a ser más humano y menos animal el día que aprendió a completar a oscuras lo que el fuego no llegaba a iluminar del todo.
Cuando un bisonte difuminado podía echar a correr porque su sombra se movía en las sombras proyectadas de una pared, pongamos la de Altamira.
Y sobrevivió durante siglos gracias a la tradición oral, esa fragua libre donde cada juglar modulaba el relato y el oyente pintaba, en su cabeza, el color de ojos del dragón.
Sabíamos, por instinto ancestral, que el fin de una historia casi nunca era el verdadero final.
Lo incompleto nos completó porque nos daba libertad para pensar, para ver más allá de lo que veíamos.
El misterio era el mapa; la imaginación, el viaje.
Ya no pasa eso.
Hemos decidido privatizar la imaginación y subcontratar el asombro.
Vivimos en la era del hiperdetalle, del subrayado, de la sobreexplicación compulsiva.
Exigimos a la ficción que no deje ni un solo cabo suelto, que cierre todas las puertas con doble llave y que nos entregue la solución.
El silencio y la ambigüedad nos producen urticaria, nos incomodan, por si no los entendemos.
Necesitamos saber todo siempre, de qué color es la culpa, por qué vuela una criatura mágica, pero comprender el resorte de un truco no nos hace más sabios sino más predecibles, más insaciables.
Las series de televisión antes eran como las páginas de un libro: hervideros de teorías, chispas de curiosidad que hacían que nuestra mente se agitase cuando terminaban.
Ya no queremos eso.
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