Canadá rescata Europa
Los europeístas no pueden menos que tener todas sus esperanzas puestas en Mark Carney, que es un liberal de los pies a la cabeza.
Estos días Europa tiembla cuando votan los alemanes. Las elecciones estatales ayer en Mecklemburgo-Pomerania y en Berlín se ajustaron a la norma. Avanzó Alternativa por Alemania, AfD, que hunde sus raíces en el Tercer Reich y que ya arrasó hace dos domingos en las de Sajonia-Anhalt. AfD es un partido "patriótico" para unos y es temido por otros que detestan el pensamiento único de su política identitaria, y su querencia por la Rusia de Putin.
A Friedrich Merz, el canciller democristiano desde mayo del año pasado, puede que le quede un cuarto de hora al frente de la República Federal porque el griterío de la islamofobia silencia la política moderada del liberal conservadurismo. La popularidad de Merz anda por los suelos y en Francia la de Emmanuel Macron, también.
Muchos en Francia aseguran que la histriónica Marine Le Pen, al frente de Agrupación Nacional y al grito de Francia para los franceses, ganará las elecciones presidenciales el año que viene. Pero puede que se adelante a su toma de poder Alice Weidel, la fría y calculadora colíder de AfD. Ambas comparten un nativismo de mirada estrecha.
Francia es el pilar europeo de la inteligencia y Alemania lo es de la disciplina. Cuesta creer en Europa cuando sus pacientes políticas de consenso son rechazadas sin miramientos en las urnas francoalemanas. Y, sobre todo, cuesta tener fe en el futuro de Europa cuando no la tiene el Gobierno de Estados Unidos.
En el National Security Strategy de 2025, un documento oficial que establece las prioridades de la política estadounidense, se afirma que Europa se enfrenta a "civilizational erasure", literalmente a la borradura de su civilización, en los próximos veinte años. Esto se debe a masivos movimientos migratorios, al multiculturalismo y a la misma Unión Europea que socava la soberanía nacional. El documento cuestiona la sostenibilidad de la OTAN y la fiabilidad de los socios europeos.
Ante tal decepcionante panorama los euro optimistas, que los hay, han sacado de la chistera al primer ministro de Canadá, Mark Carney. La semana pasada pidió que su país sea un miembro asociado de los Veintisiete, fue abrazado por la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y fue ovacionado sin cesar cuando se dirigió a los europarlamentarios en inglés y en francés y citó a Goethe en alemán.
Los europeístas no pueden menos que tener todas sus esperanzas puestas en Carney que es un liberal de los pies a la cabeza, educado en Harvard y en Oxford, y que fue gobernador del Banco Central de Canadá y del de Inglaterra antes de reinventarse como político. Carney les habla de valores, de la dignidad humana, y de la libertad y el imperio de la ley como en otro tiempo hablaba un Churchill, un de Gaulle, o un Adenauer.
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