La palabra imaginada (53): Dos poemas mirando a Matisse
LA VENTANAEl invierno tiene un color distinto al de la nieve dentro de la casa.Un matiz de azulejería esmaltada cubre de verde la penumbra y la respiración.
No hay nada pesado en el frío; siluetea la mesita de té donde alguien dispuso leves flores malvas en el búcaro.
Nada que acalore la alfombra de la ausencia.
Es mejor no distinguir el rastro de aquel a quien amábamos, que su sillón se desdibuje.
No sirven los objetos frotados por el amor cuando el amor se desmenuza en partículas verdes.Nada hinchado o pesado.Una limada medialuz penetra desde el jardín con la humedad, con el mantillo amasando detritos: hojas, caparazones, valvas, delicadas naturalezas que palpó nuestro amor en las mañanas de las resucitaciones.
El frío cauteriza o depura.
Sólo permite un barniz verde tras el llanto.La cortina amarilla de H.
Matisse.
MoMA.
Nueva YorkCORTINA AMARILLALa estancia se cuida de la melancolía de Julio.Estoy a salvo del lanzador de puñales, del silbido de las armas cerca, clavándose en otros corazones con ojos tapados.
Una temperatura de ausencia y de vago estremecimiento.
Una postura de mi gato despreciando amorosas correrías cuando la luz calienta fachadas de cal hasta cegar.En la calle cunde un dolor de asfalto, mezcla de muerte, destellos de furia, y varios trazos de no todo está vencido.
Una temperatura de espejo ahumado, sin aristas.Pero la ventana abierta enseña el metal de los peligros: penetra el aire que adora la urdimbre de la cortina; su trama cierne soplos curiosos, movimientos sin domar, ráfagas de encapricharse con la penumbra de la habitación.
Se agitan mundos al levantarse del reposo el tejido.
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