He roto el pacto entre generaciones
Hace unos días, en uno de los capítulos de la estupenda 'Ted Lasso' —debo admitir que me he enganchado a ese optimista empedernido, imagino que por compensar—, escuché una frase que, a pesar de su aparente simpleza, me clavó un dardo porque, creo, esconde una gran verdad que solapamos demasiado. «Los padres son como los ruedines de las bicicletas».
Pues sí.
Y esa relevancia del papel de progenitor me dio que pensar.
Aunque no desde mi posición de hijo sino hacia mis hijos.
Los míos y los de mis coetáneos.
Y me preocupé.
Y me angustié.
Y hasta me sentí culpable por lo que, en términos globales, vamos a entregarles como legado, como envenenada herencia social.Sin nostalgia ni derrotismo, fríamente, repasé aquello que entendemos como 'progreso' y pensé en el camino que va a quedarle a mi descendencia cuando ya transiten solo a dos ruedas y manteniendo el equilibrio sin la ayuda extra lateral.
Heredan más opciones, sí, pero menos posibilidades.
Pueden viajar, estudiar, trabajar y comunicarse como ninguna generación anterior.
Pero muchas de las decisiones esenciales —casa, hijos, estabilidad laboral— resultan más difíciles.
Tendrán que dedicar una parte desproporcionada de su vida a poder comprar una vivienda, por ejemplo.
Heredan más tecnología, sí, y menos autonomía, porque la primera ejecuta más cosas por ellos y, a la vez, ellos tienen cada vez más dificultades para ejecutar cosas sin ella.
Heredan más información, sí, pero menos conocimiento.
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