Decíamos ayer
En un mundo donde la incoherencia suele ser moneda de cambio, Sánchez emerge como ejemplo de lo contrario.
Fiel a su partitura, constante en el esfuerzo, inasequible al desaliento, su conducta es una línea recta, sin quiebros.
Sin sorpresas.
Sin concesiones a la galería.
Sabe adónde va.
No improvisa.
No engaña.
No induce a error.
Es inatacable en su consistencia.
Me resulta imposible recordar demasiados precedentes de políticos contemporáneos que merezcan encomios parecidos.
Que nadie se sorprenda.
También Erasmo elogió la locura o Thomas de Quincey el asesinato.
Una vez consumado el crimen e inutilizada la acción moral para impedirlo, lo mejor que podemos hacer es contemplarlo con desapego estético y admirar su arquitectura.
No propongo justificar las acciones réprobas del personaje, sino reconocer su destreza a la hora de utilizarlas.
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