Lo mejor de septiembre
Septiembre es un lunes largo al que se entra arrastrando los pies y rezongando, excepción hecha de los cenizos que odian el verano y los nostálgicos de todo.
Pero si algo bueno tiene septiembre es que se desactiva en la prensa el modo presentador sustituto y se aligera la opinión de sus típicas columnas fresquitas y melifluas.
Si hay algo que detesto, y en verano se potencia, es que el columnista de turno me tome por su psicoanalista, su mejor amiga o su madre.
O, peor, que me utilice como 'sparring' involuntario para sus ejercicios de estilo, todavía con el primer café y la legaña puesta.
Decía Umbral que la columna de opinión debe aunar información, ideas y lirismo, pero todo en su justa medida: demasiada información sería teletipo, demasiada idea sería ensayo y, demasiado lirismo, libreversismo.
Estoy de acuerdo: demasiado lirismo, en ausencia de idea e información, me estomaga.
Y miren que hay margen: González-Ruano apuntaba que la columna es como una morcilla, que dentro se puede meter lo que se quiera a condición de que todo quede bien atado por los dos extremos.
Así pues, ¿por qué motivo deberíamos un señor de Huelva y yo desayunarnos con el intrascendental panegírico almibarado del aspirante a literato que ha olvidado que donde escribe es en un diario? ¿Acaso es el periódico hoy el salón de pasos perdidos previo al mundo de la literatura, un género menor pero alimenticiamente rentable en la espera? El resto del año es más o menos soportable la cosa, son solo anecdóticos casos aislados.
Alguno, aquí y allá, sintiendo que lo suyo es la posteridad (ese lugar lejano e incierto donde cree que se le espera).
Es fácil reconocerlos, más aún esquivarlos con ligero 'swing' de muñeca.
Pero en verano, será el calor, o la luz, o cierto cansancio acumulado y mal llevado, es epidemia.
El columnista lírico se multiplica, como un gremlin mojado y alimentado después de las doce.
De pronto son legión los que descubren el sentido de la vida en el fondo de una maleta, que se cruzan con un viejo amor, que contemplan caer, juguetona, una hoja.
Y sienten la pulsión, la imperiosa necesidad, de hacérnoslo saber al señor de Huelva y a mí, indefensos con nuestro primer café y la legaña, sin escapatoria ante la sorpresiva injerencia.
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