Deberían arrestar al capitán
Tengo que decirlo, y lo diré sentado en uno de sus aviones, rumbo a Guayaquil: American es una aerolínea desastrosa.
El vuelo debía despegar a las seis de la tarde. Los pasajeros abordamos puntualmente la aeronave. A las siete nos dijeron que el capitán no ... había llegado, estaba demorado por mal tiempo y el avión no podía despegar. Yo pensaba que el capitán era el primero en llegar y el último en retirarse.
A las ocho, todavía esperando al capitán, nos comunicaron que podían bajar del avión aquellos pasajeros que así lo desearan, siempre que lo hicieran con sus equipajes de mano. Medio avión descendió entre airadas protestas porque no nos habían dado de comer ni de beber. Resignado, permanecí en mi asiento.
Increíblemente, a las ocho y media las tripulantes dijeron, a los gritos, que todos los pasajeros debíamos bajar del avión porque el capitán ya había llegado. Pero si había llegado, ¿por qué debíamos bajar del avión? Es la orden del capitán, dijeron. No quedó más remedio que bajar con el equipaje de mano. El capitán, por lo visto, no llevaba prisa.
A las nueve y media de la noche el indolente capitán nos dio una lacónica bienvenida a quienes, fatigosamente, habíamos abordado el avión ya dos veces. No se disculpó. Dijo que las lluvias y el tráfico le impidieron ser puntual. Muchos pasajeros se quejaban a gritos. Escuché justificadas voces de protesta: nos tratan como si fuéramos ganado; debería darles vergüenza; son unos insolentes; abusan de la gente; también llovió para nosotros y llegamos a tiempo; si el capitán es impuntual, tenemos que esperarlo, pero si nosotros somos impuntuales, perdemos el vuelo.
Como tantas veces en mi vida itinerante, juré no volar más en American, línea de marras que empobrecía mi existencia, me condenaba a no pocas horas de infelicidad y me cobraba fortunas para hacerme sufrir. Sin embargo, en dos semanas tengo un viaje ya pagado en esa misma aerolínea desastrosa. Debo volar a otra feria del libro y ninguna aerolínea, salvo aquella, tan odiosa, podría llevarme a esa ciudad.
Mi esposa me dice que no me conviene viajar tanto, que no debería presentarme en tantas ferias de libros, que me condeno sin que nadie me obligue a sufrir en aeropuertos y en aviones para sentirme un escritor de éxito, con agenda internacional. Ella cree que debería retirarme por completo de la exposición en ferias de libros y solo debería viajar cuando realmente me apetezca, cuando mi libertad no esté recortada por una agenda de trabajo. Yo le digo que presentarme en ferias de libros me mantiene vivo como escritor, aunque los viajes sean extenuantes. Ella me dice: pierdes plata, pierdes calidad de vida, pierdes horas de buen sueño en tu casa, pierdes fines de semana con nosotras, y todo por puro ego.
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