Los suicidios que nadie vio venir: «El mismo día de su muerte Sara me encargó un libro para la universidad»
«No lo ves venir».
Por increíble que parezca, esa es la frase más repetida por Marisa, que durante la conversación pasa del buen tono al llanto en segundos. «Llorar y compartir mi testimonio es mi forma de afrontarlo», se excusa.
Porque para combatir esta desazón vital y que lo ocurrido no sea en vano, ella y las familias cuyos hijos se han suicidado o han estado muy cerca de lograrlo han entendido que es necesario poner el suicidio encima de la mesa .
R., su hijo, que se tomó veinte pastillas una tarde cualquiera de un viernes cualquiera, hace poco más de un año.
Marisa recuerda vívidamente el malestar físico de su hijo aquel día, que no paraba de vomitar, y también que no le dio mayor importancia, ya que su hijo «era un chaval de 15 años de 1.90 de altura, súper sano y que nunca se ponía malo».
Hasta que le abrieron los ojos en una tutoría a la que fue convocada por el colegio. «Me llaman y me sueltan esa bomba: R. ha intentado suicidarse.
No me lo llego a creer, pero tras este shock inicial, entra el niño en la reunión y fríamente lo reconoce todo.
Aquello -reflexiona- fue una llamada de auxilio, lo he sabido ahora».
Porque R., asegura esta mujer, «tuvo una infancia totalmente normal, en la que hablamos muchísimo de todo , de sexualidad, del colegio, del instituto… Es verdad que luego llegó el diagnóstico de altas capacidades pero más allá de eso, aparentemente, no teníamos ningún problema».Pero que el chico no diera ningún síntoma con anterioridad es para Marisa, «casi lo más grave.
Hubiera preferido que fuera víctima de bullying, un motivo, algo… Nosotros no nos dimos absolutamente cuenta de nada.
Incluso a día de hoy, cuando los terapeutas de Anda Conmigo , el centro al que acudimos en primera instancia y en donde nos han ayudado un montón, nos dicen que está mejor, tengo que confesar que le veo igual y tengo que bajar la cara de vergüenza porque no noto nada, ni antes, ni después, y eso para mi es lo más triste, porque no me puedo quitar la culpa», confiesa.Javier, junto a su hija Sara, fallecida a los 20 años.
FOTO CEDIDA POR LA FAMILIADe hecho, «el duelo por suicidio presenta una especial dificultad por el sentimiento de culpa que suele acompañarlo», resume Javier, padre de Sara, una joven que se quitó la vida a los 20 años y que da nombre a la Asociación Sara Jiménez .
Desde esta entidad, impulsada a raíz de su muerte, se desarrollan diferentes actividades relacionadas con la prevención del suicidio y el acompañamiento a personas afectadas.
Una de sus principales líneas de trabajo son las charlas de prevención que imparten en institutos, colegios, empresas y, actualmente, también en el Ejército. «Hablar de ello es la mejor forma de prevenir », insiste.
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