El maestro Chailly tutea a Chaikvoski sin disfrazarse de ruso
Hubo un momento, no hace tanto, en que Chaikovski parecía haber invadido Ucrania .
La represalia occidental contra Putin alcanzó extremos de una estupidez exquisita cuando determinadas instituciones musicales decidieron combatir al Kremlin proscribiendo artistas rusos y poniendo bajo sospecha a compositores que llevaban un siglo muertos.
La cultura, precisamente el territorio que debería abolir las fronteras , se contagió de la fiebre de los pasaportes.
Y la solidaridad con las víctimas de una guerra criminal degeneró algunas veces en una suerte de aduana estética donde importaban más el lugar de nacimiento y el árbol genealógico que la música.
La Scala no ha confundido a Putin con la tradición musical rusa .
Tampoco lo ha hecho el Festival de Santander , como demostró el concierto de la Filarmonica della Scala con Riccardo Chailly y Alexander Malofeev.
Rachmaninov antes del descanso.
Chaikovski después.
Y un pianista ruso en mitad del escenario, precisamente Malofeev, que ya conoció en 2022 la extravagancia de verse apartado de un concierto pese a haberse pronunciado contra la invasión.
La música no absolvía a Putin, naturalmente.
Tampoco necesitaba condenarlo.
Recordaba algo bastante más profundo.
Una civilización siempre resulta mucho más grande que el poder que circunstancialmente la gobierna.
Quedaba otra frontera por discutir, menos política y bastante más interesante . ¿Cuánto debe tener de ruso un intérprete para comprender a Rachmaninoff? ¿Existe una lengua materna del sonido , una melancolía que solo pueda aprenderse en Moscú, una manera eslava de administrar el rubato o de asomarse al fatalismo de Chaikovski? El idiomatismo importa, desde luego, pero degenera en superstición cuando adquiere carácter de derecho de sangre .
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