El planeta de los toros
La crónica es como el género chico de la literatura.
O como los Madriles de otrora, barrios bajos allende las lindes de la Villa y Corte.
Un arrabal de fisonomía literaria incierta.
Se mezclan en ella el relato riguroso de los hechos con la pronunciada idiosincrasia del narrador.
Tan pronto se afirma en distancia desapasionada como se eleva en vuelo lírico.
Describe, juzga, evoca, deleita.
Arte menor, curiosamente le viene ni pintiparado a la fiesta de toros, paradigma de las artes.
En busca de lo máximo en lo mínimo andaba el estudiante Antonio Díaz-Cañabate cuando hacía novillos para ir a los toros del Portillo de Embajadores a ver el «juego de las navajas».
Ahí, de boca del señor Antolín, devoto de Cayetano Sanz , se oía todo un tratado de tauromaquia: «Porque el toreo es un arte, algo que te estremece como te estremecen pocas cosas en este mundo, lo bonito ajuntao con lo emocionante».
El cronista nos invita al «planeta de los toros».
Desde este mundo aparte, con gracejo, ironía y un dejo de añoranza, hace Díaz-Cañabate la alegoría de la Fiesta.
Así había fabulado la vida de su amigo Domingo Ortega.
El planeta de los toros es una tertulia de anécdotas, sucedidos, estampas, personajes.
Su abigarrada geografía está poblada por tipos como el 'sinta' o el 'sinvi', hay «chalaos» y existe el «contrachalao».
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