Su majestad sin reino
Se llama Karina.
Cumplió cuarenta y tres en marzo, sola, con una copa de vino tinto y tres perros ladrando serenata bajo la ventana.
Nació en Toluca, mujer de estatura media, cintura recién esculpida por bisturí ajeno.
Firmó su divorcio en enero, después de dieciséis años junto al diputado federal, hombre robusto, voz de sermón dominical, militante del partido conservador.
Esos hombres tan devotos en el templo, libres luego en la cama del vecino.
No tuvieron hijos.
Disfrutaron zoológico.
Perros callejeros adoptados, gatos siameses, canarios cantores, una iguana con nombre de santo, y escarabajos exóticos en terrario climatizado.
Cada mascota, un hijo sustituto.
Cada jaula, un pequeño altar doméstico.
El matrimonio, en la alcoba, comedia con final trágico.
El sobrepeso del señor diputado apagaba erecciones prometidas desde el noviazgo.
Encontraron salida.
Convertirse él en espectador.
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