Saltillo, un motivo más de orgullo
Uno de los mesteres que mejor domino es la imprudencia.
En cierta ocasión incurrí en una enorme.
Subí yo solo al alto cerro llamado Coahuilón.
Audaz explorador a la manera de Livingstone o Burton, iba en busca de las fuentes del manantial que baja de la cumbre.
Me perdí en el bosque.
Cayó la noche sin que encontrara el camino de regreso.
Había peligro: allá arriba las noches son de hielo, y no llevaba yo ropa de abrigo.
En eso, sin más cobertura que la de las sombras de la noche, vi abajo y lejos una luz.
Guiado por su resplandor hice el descenso.
Tardé tres horas en llegar al rancho y abrazar a quien hizo encender la gran hoguera cuya luz me guio.
Fue María de la Luz, la amada eterna.
Siempre me condujo por la vida, e incontables veces me salvó de mí mismo.
A Babalucas, otro imprudente como yo, le sucedió algo parecido.
También fue solo al bosque, y se extravió.
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