Malaventurados los pobres
“Ahí viene el mesero con la especialidad de la casa: la cuenta”.
Lugares hay, en efecto, donde comes rico, pero sales pobre.
No son muy de mi gusto los restoranes anunciados como de “cocina de autor”, “cocina fusión” y otros semejantes sonorosos títulos.
Ahí te ponen en un plato descomunal una porción milimétrica de vianda adornada con una ramita de cilantro o perejil, y te la cobran igual que si te hubieran servido un ave del paraíso en salsa de ambrosía o una copiosa orden de lenguas de caballitos de mar.
Comes como ermitaño y pagas como soberano.
Sales de ahí con la panza vacía y la cartera más vacía aún.
Prefiero los restaurantes a los que vas a comer, no a que te vean comer.
Dice un cierto amigo mío, ochenteno como yo: “Lo comido y lo con ge es lo único que gocé”.
Sabia filosofía es ésa.
Con buen sentido declara un proverbio popular: “El muerto a la sepultura, y el vivo a la travesura”.
Millones de mexicanos, sin embargo, no pueden disfrutar los bienes que la vida ofrece.
Son pobres, y de la pobreza derivan muchos males, entre ellos la ignorancia, la falta de salud y la marginación social.
Eso los lleva a caer fácilmente en manos de políticos aviesos que los compran mediante dádivas en dinero a fin de usarlos para ganar el poder y mantenerse en él.
Tal fue lo que hizo López Obrador , quien llegó al extremo de comparar a los pobres con mascotas a las que su propietario debe alimentar.
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