La subasta de la atención: cerebro adolescente, diseño digital y respuestas públicas
Existe una forma de hablar del cerebro adolescente que ya funciona como eslogan: sigue en obra, porque supuestamente la corteza prefrontal no termina de madurar pasados los veinte.
Ello no es falso.
Es incompleto.
La evidencia reciente en neurociencia indica que la maduración se extiende mucho más allá de ese punto, y que esa diferencia modifica el alcance del problema y el tipo de respuesta que cabe exigir.
La adolescencia es un momento de reorganización profunda de las conexiones del cerebro.
Los circuitos sensibles a la aprobación, el estatus y la pertenencia al grupo reaccionan con intensidad a cualquier señal de aceptación social.
Pero la corteza prefrontal, la región que sostiene la atención, la inhibición y el control ejecutivo, madura más tarde.
Esa asincronía convierte al joven en alguien especialmente permeable a un entorno diseñado para capturar su atención.
Y un cerebro en construcción no compite en igualdad de condiciones contra un algoritmo diseñado para retenerlo. ¿Cuánto dura esa construcción? Un estudio de la Universidad de Cambridge, con más de 4 000 escáneres cerebrales, encontró que la organización de la materia blanca -la red que sostiene la atención, la memoria y el control ejecutivo- alcanza su pico de eficiencia alrededor de los 32 años, y un máximo estimado de eficiencia global cerca de los 29.
El hallazgo muestra que ciertas transformaciones cerebrales continúan durante la adultez temprana.
También sugiere que el periodo de vulnerabilidad frente a diseños que explotan la atención posiblemente sea más largo de lo que suele reconocerse: puede durar más de una década, no solo unos cuantos años.
Esa vulnerabilidad no pasa inadvertida para quien diseña productos.
El scroll infinito, la función que elimina el punto de pausa y hace que la página nunca termine, fue inventado en 2006 por Aza Raskin para reducir interrupciones y facilitar la navegación.
Años después, Raskin dijo que lamentaba haberlo creado y estimó, en una cifra retórica, que la humanidad gastaba el equivalente a 200 000 vidas humanas por día desplazándose sin fin.
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