Palabras y juicios irredentos
El problema de hablar mucho hace inevitable el error.
En el poder el acierto importa menos que el resbalón; a veces un natural traspié, otras veces, delator de un estado de ánimo impropio o de una idea inconveniente.
El populismo o el autoritarismo con adhesión social requieren de propaganda y de un protagonismo verbal de quien sea su referente.
Sucede en todas partes.
Ya se ha dicho, la mesura o la prudencia cayó en desuso o se fue de vacaciones.
Lo de ahora son las palabras y es tal el abuso de éstas, como Trump, el hombre más poderoso del mundo, que se vuelven tan irrelevantes que dejan de ser tomadas en serio.
Los actuales políticos debieran aprender de la institución milenaria con más influencia, la Iglesia.
La palabra se abre camino con cuidado a grado tal que el latín había sido refugio hasta que la necesidad de comunicar la alcanzó.
Los curas a lo largo de la jerarquía tienen claridad del valor de la palabra y bien se sabe que, así como redime, el descuido condena.
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