Javier Aranda Luna: El gimnasio bíblico de Monsiváis
Hay una paradoja magnética en la biografía intelectual de Carlos Monsiváis.
El cronista insomne de la Ciudad de México, el crítico feroz del poder político, el gozoso y falso ateo que diseccionaba la iconosfera y la cultura popular, aprendió a leer –y a debatir– en el seno de una cultura protestante.
Antes de ser el gran exégeta de la urbe, el jubiloso hermeneuta del cine, el minucioso cirujano que diseccionó las entretelas de la clase política, fue un niño que empuñaba la Biblia como una espada.
Lo señala claramente en su autobiografía precoz: “Firmes y adelante, huestes de la fe”, himno marcial protestante para luchar contra el adversario.
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