Regatear bien es difícil; hacerlo mal sale carísimo
Que si es algo cultural.
Que es una habilidad muy útil.
Que es de mal gusto hacerlo.
Pocas cosas son tan neutras como cuando se habla del hábito de regatear.
En Marruecos, Turquía o Curazao, no hay establecimiento en el que no sea posible y necesario hacerlo.
En Noruega, Japón o Canadá regatear puede ser interpretado con desconfianza y rayar en la mala educación.
En México, dirían muchos, es una práctica culturalmente extendida.
En su definición más simple, regatear es debatir el precio de algo en venta.
No importa si es un producto o servicio, quien regatea, no sólo asume que el precio de salida no es el óptimo, sino que tiene una predisposición a procurar una mejora o reducción de aquello que va a comprar.
A regatear se aprende en gerundio, pero aquí hay tres puntos para la reflexión de aquellos que lo quieren hacer mejor: 1) Regatear sin conocer el precio es una ingenuidad.- Hace unos días, lo testifiqué.
Un prospecto interesado en un servicio determinado pidió una cotización.
Todavía no sabía cuál era el precio de lo que aspiraba recibir y empezó a argumentar que él no era una empresa grande, que tuviésemos consideración.
Cualquiera puede regatear por necesidad, por diversión o por reflejo cultural.
Pero lo primero es, sin mostrar interés, preguntar cuánto cuesta la cosa.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.elfinanciero.com.mx — el contenido pertenece a El Financiero.