Obsequio de un tacaño
La linda damisela se presentó a sí misma: “Soy Caperucita Roja de Feroz”.
“¡Cómo! –se asombró alguien–. ¿Qué no te comió el lobo?”.
“No –respondió ella–.
Fue un error de imprenta”...
Naufragó el barco, y después de flotar por días asidos a un madero, dos marinos llegaron a una isla que parecía desierta.
Sin embargo, tras explorar la playa, vieron un par de enormes entramados de tela, atados uno al otro, que parecían grandes tiendas de campaña.
Después de examinarlos por todos lados uno de ellos le dijo al otro: “Me temo, compañero, que hemos llegado a la mítica Isla de las Gigantas.
Aquí hay una etiqueta que dice: ‘Brassiére.
Talla pequeña’”...
Conocemos a Usurino Matatías, el hombre más avaro, cicatero y ruin de la comarca.
Una sobrina suya se iba a casar.
Otro tío de la futura desposada le comentó a Usurino: “Voy a regalarles a los novios una frutera de plata”.
“Qué bueno que me lo dices –manifestó el cutre–.
Así yo podré regalarles algo que haga juego con la frutera”.
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