Quiroga Chapa, cronista incomparable de la tauromaquia
A los cuatro vientos lo proclamo, y si más vientos hubiera también a través de ellos lo proclamaría.
Soy devoto feligrés de esa antigua y misteriosa liturgia que es la fiesta de toros.
Lo soy desde muy niño, desde que mi padre me llevó a la corrida en que se despidió el Maestro de Saltillo, don Fermín Espinosa, “Armillita” .
Mi papá, mi madre, mi hermano mayor y yo ocupamos cuatro barreras de primera fila. ¿Cómo pudimos darnos ese lujo, accesible sólo a los ricos de la ciudad por lo caro de los boletos para aquel festejo? Don Mariano Fuentes era un modesto empleado de oficina, tenedor de libros –entonces no se llamaban contadores– en el molino de trigo Eureka.
Sucedió que se había construido para la ocasión una plaza de toros hecha de madera.
A fin de probar su resistencia, se llenaron los tendidos con bultos de harina suministrados por la empresa donde mi padre trabajaba.
Le regalaron al propietario cuatro boletos de los más costosos.
Al señor no le gustaban los toros, y le cedió los lugares a mi padre.
No supo que con eso el chiquillo que era yo recibió un deslumbramiento que le dura después de 80 años.
Amo la fiesta de toros porque amo al toro.
Ese hermoso, maravilloso, majestuoso animal es el protagonista de la tauromaquia.
“Fiesta de toros”, decimos, no “fiesta de toreros”.
El toro de lidia no existe en la naturaleza.
Es una creación del hombre, que afina su bravura instintiva y la aprovecha para forjar un arte que se da a las orillas de la muerte.
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